TIJUANA, B.C. – El reloj del Juzgado Tercero de lo Familiar avanza lento. Los pasillos huelen a papel, café frío y burocracia. El murmullo de funcionarios se mezcla con los pasos apresurados de quienes parecen no notar que, detrás de cada expediente, hay vidas, emociones y sueños truncados. Allí, entre ese laberinto de oficinas, se abre camino Ciria, una madre que lleva más de siete meses sin ver a su hijo, un pequeño de apenas tres años que fue arrebatado por su propio padre en un acto de venganza.
El ex esposo de Ciria, le negó la convivencia con su hijo como castigo por haber decidido rehacer su vida. – al menos así lo siente Ciria por los mensajes que recibió – Amenazas, hostigamiento y manipulación se convirtieron en su estrategia: el niño no era solo un hijo, sino un arma de control. Cada que ella no podía verlo y cada excusa legalizada por él dejaban una cicatriz más profunda en ambos, en la madre y en el hijo. Para Ciria, cada día sin abrazar a su pequeño era un recordatorio de la injusticia que se había instalado en su vida.

Los meses pasaron con la lentitud de un reloj roto. Enero, febrero, marzo… y así hasta julio. Mes tras mes, Ciria buscó a su hijo. Tocó puertas de juzgados, presentó solicitudes, llamó y volvió a llamar, se presentó en oficinas que la ignoraban o le negaban información, recibió negativas tras negativas. Su hijo crecía con la confusión de no entender por qué su mamá no estaba, mientras ella lloraba en silencio, imaginando cada sonrisa que se perdía, cada caricia que no podía dar. La desesperación se volvió su compañera constante, un peso que cargaba día y noche, pero nunca la venció. Cada intento fallido reforzaba su determinación: sabía que la única forma de recuperar a su hijo era enfrentarse a la burocracia y reclamar lo que por derecho le pertenecía.

Cuando Ciria finalmente se presentó en el juzgado, su hijo, pequeño y asustado, rompió en llanto: “Mamá, yo quiero estar contigo”. El sonido atravesó pasillos y oficinas, y llegó hasta los oídos de la jueza, quien asomó la cabeza. Algunos trabajadores intentaron minimizar la escena, como si el llanto de un niño y el dolor de una madre pudieran ser ignorados. Pero Ciria no cedió. Pidió ser escuchada, relatando con voz temblorosa los meses robados, las amenazas, la violencia vicaria de su ex esposo, y la desesperación que la mantenía en pie a pesar de todo.
La jueza, mujer experimentada, fuerte y consciente de su papel, la invitó a su oficina. Allí, el mundo exterior desapareció. Ciria habló con lágrimas contenidas: relató cada uno de los meses en que la justicia parecía no escucharla, cada negativa recibida, cada intento de acercamiento bloqueado. La jueza la escuchó con atención, reconociendo en su voz el dolor, la desesperación y la injusticia. Entre gestos de comprensión, le entregó un kleenex, un acto que no era simbólico, sino el reconocimiento de que su sufrimiento era real y debía ser reparado.
Con paciencia, la jueza revisó el expediente, enfrentándose a la burocracia y a las trabas del personal que intentaba retrasar la entrega. Página tras página, constató la violencia vicaria: un padre que convirtió a su hijo en instrumento de venganza, una madre separada injustamente de su hijo y un sistema que había permitido la manipulación de la ley. Pero la jueza, como mujer y como autoridad, entendió la magnitud de la injusticia. Su empatía no era superficial: vio en Ciria a todas las madres que han sido privadas de sus hijos, y comprendió que debía actuar de inmediato.
Giró un oficio que permitió a Ciria reencontrarse con su hijo, restaurando un derecho que le había sido negado durante meses. La emoción fue inmediata: llantos, abrazos, risas mezcladas con lágrimas. Ese encuentro fue la victoria de la valentía y la tenacidad de una madre, aunque los meses perdidos no pudieran recuperarse. La jueza, el Centro de Justicia para las Mujeres y la misma fuerza de Ciria demostraron que la maternidad no puede ser usada como arma de venganza, y que la justicia sí puede escuchar cuando la empatía guía sus decisiones.

En los próximos días Ciria podrá abrazar a su hijo, y ella piensa que así, solo así tendrá el corazón aliviado pero con la memoria de cada mes de angustia y dolor.
Ella sabe que, aunque la lucha continúa, hoy la justicia escuchó, y la maternidad volvió a ser respetada.














