Hay algo incómodo en toda la conversación que se abrió alrededor de la propuesta de Claudia Sheinbaum para limitar el uso de celulares en las escuelas: quizá estamos discutiendo demasiado sobre el aparato y muy poco sobre lo que está pasando detrás de la pantalla.
Porque el celular no llegó solo a las manos de nuestros hijos.
Se lo dimos nosotros.
Primero para saber dónde estaban. Luego para que pudieran comunicarse. Después para entretenerlos mientras trabajábamos, manejábamos, comíamos o simplemente necesitábamos cinco minutos de silencio.
Y un día nos dimos cuenta de que ese pequeño aparato que compramos para protegerlos también se convirtió en su ventana al mundo.
Por eso, padres y madres, esta discusión no debería reducirse a estar a favor o en contra de que un alumno lleve un teléfono a la escuela.
La pregunta verdaderamente incómoda es otra:
¿Quién está educando a nuestros hijos sobre lo que ocurre dentro de ese teléfono?
Porque prohibirlo durante algunas horas puede ayudar a recuperar atención en el salón, evitar distracciones y favorecer la convivencia. Pero cuando suena la salida, el celular vuelve a sus manos.
Y con él regresan TikTok, Instagram, videojuegos, mensajes, influencers, desconocidos, publicidad, retos virales y una cantidad de información para la que ningún niño debería tener que prepararse solo.
Ahí está el verdadero reto.
Un adolescente puede pasar seis horas sin celular en la escuela y seguir teniendo un problema de dependencia tecnológica si al llegar a casa encuentra a mamá y papá cenando con el teléfono en la mano.
Ese detalle casi nadie quiere discutir.
Les pedimos a nuestros hijos que levanten la mirada de la pantalla mientras nosotros contestamos mensajes durante la comida.
Les decimos que no deben vivir pendientes de las notificaciones, pero nos ven revisar el teléfono cada pocos minutos.
Les exigimos concentración, mientras nosotros interrumpimos una conversación familiar para contestar un WhatsApp.
Entonces quizá la discusión sobre los celulares en las escuelas también debería convertirse en una conversación sobre nuestro propio comportamiento como adultos.
No se trata de demonizar la tecnología.
Nuestros hijos van a vivir con ella, trabajar con ella y probablemente depender de herramientas que hoy todavía ni siquiera existen.
Necesitan aprender a usarla.
Pero también necesitan aprender a apagarla.
Necesitan saber que un mensaje puede esperar.
Que no todo merece una respuesta inmediata.
Que una vida no se mide en likes.
Que no todo lo que aparece en una pantalla es verdad.
Y, sobre todo, que detrás de cada cuenta hay una persona y detrás de cada publicación puede haber una intención.
Por eso, padres: si finalmente las escuelas establecen límites al uso de celulares, no veamos esa medida como la solución.
Veámosla como una oportunidad.
La oportunidad de hacer en casa lo que ninguna escuela puede hacer por nosotros: establecer límites, hablar con nuestros hijos, conocer qué consumen en internet y, de vez en cuando, pedirles que dejen el teléfono sobre la mesa.
Pero haciendo nosotros exactamente lo mismo.
Porque quizá el problema nunca fue que nuestros hijos tengan un celular.
El problema sería que nosotros dejemos que ese celular sea quien les enseñe cómo vivir.













