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EL SILENCIO DEL 🍋 LIMÓN Y DEL MAR 🌊

En Michoacán, el aire huele a limón… pero también a miedo.

Y en Ensenada, el viento del mar arrastra otro aroma: el de la impunidad.

Hoy, se dio a conocer que asesinaron a Bernardo Bravo Manríquez, líder de los limoneros en Apatzingán.

Su cuerpo apareció con huellas de tortura a la orilla de una carretera.

Bernardo encabezó manifestaciones contra las extorsiones del crimen organizado, que exige cuotas a los productores por cada kilo cosechado.

Su voz incomodaba.

Y por eso, la callaron.

Días antes, José Luis Aguiñaga Escalera, empresario empacador de limón en Buenavista Tomatlán, también fue asesinado.

Se negó a pagar la extorsión.

Y por eso, lo mataron.

El gobierno  lo llamó “una especie de paro” de limoneros.

Una especie de paro…

Como si la muerte y el miedo fueran un asunto administrativo.

No, señor.

No es un paro.

Es la resistencia de un pueblo que ya no puede más.

Y lo más indignante es que esto no es un caso aislado.

No lo es.

 


Julio de 2024. A mil kilómetros de ahí, en Ensenada, Baja California, otra voz valiente fue silenciada:

Minerva Pérez Castro, presidenta de la Cámara Nacional de la Industria Pesquera y Acuícola.

Minerva había denunciado públicamente las extorsiones y la pesca ilegal que asfixian a los pescadores de la región.


Denunció lo que todos sabían pero pocos se atrevían a decir: que los criminales ya no sólo controlan la droga… también el mar.

La asesinaron mientras conducía su camioneta.

En pleno día.

En una ciudad turística.

Bajo un gobierno en Ensenada que presume estabilidad.

En Michoacán, matan a quien cultiva la tierra.

En Ensenada, matan a quien defiende el mar.

En ambos casos, la constante es la misma:

el silencio del Gobierno Mexicano  y la complicidad de la impunidad.


Porque mientras las víctimas mueren,
el gobierno se limita a emitir comunicados.

Palabras huecas, frases gastadas:

“Condenamos los hechos”, “No habrá impunidad”.

Pero nadie protege a los vivos.

Nadie protege a quienes siguen trabajando bajo amenaza.

México se ha vuelto un país donde el que denuncia… muere.

Donde el crimen dicta las reglas, y el gobierno las obedece con su silencio.

En Tierra Caliente, los productores de limón pagan derecho de piso por usar su propia tierra.

En Ensenada, los pescadores deben negociar con el crimen para poder salir al mar.

Y entre ambos extremos del país, lo único que se comparte es el miedo.

Bernardo Bravo decía que el limón representaba esperanza.

Minerva Pérez decía que el mar era vida.

Hoy, sus nombres representan el precio de la valentía.

Y lo más doloroso… es que sus muertes no hicieron temblar al poder.

Nadie renunció.

Nadie fue cesado.

Nadie pidió perdón.

El campo y el mar se llenan de miedo y la justicia llega sólo para levantar cadáveres, cuando los líderes sociales son asesinados por defender lo que aman, entonces no hablamos de un país en desarrollo; hablamos de un país en descomposición.

En Michoacán y en Ensenada el crimen se llevó dos voces distintas, pero un mismo mensaje:

México no protege a los que trabajan.

Y mientras el gobierno presume cifras, el campo y el mar siguen gritando en silencio.

Desde el limón hasta la marea, la impunidad huele igual: a sangre… y a abandono.

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