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La niña que descubrió que su voz podía cambiarlo todo

 

Mujeres en resistencia | Guatemala

Antes de que su nombre apareciera en los periódicos del mundo, antes del Premio Nobel y antes de convertirse en una de las voces más conocidas de los pueblos indígenas, Rigoberta Menchú era una niña.

Una niña maya k’iche’ de una pequeña comunidad de Guatemala.

Su mundo era el campo, el trabajo y su familia. Creció en Laj Chimel, en el departamento de El Quiché, en medio de una vida sencilla, pero también marcada por la pobreza y la discriminación.

Desde pequeña tuvo que trabajar. Conoció las largas jornadas en el campo, las cosechas de café y algodón y las dificultades de una familia campesina que tenía que luchar todos los días para salir adelante.

Y seguramente, como cualquier niña, también tuvo sueños.

Pero la realidad de su país le enseñó muy pronto que no todos los niños crecían con las mismas oportunidades.

Ella veía las diferencias.

Las injusticias.

El trato que recibían las comunidades indígenas.

Y quizá sin saberlo, comenzó a hacerse una pregunta que con los años se convertiría en parte de su vida:

¿Por qué?

¿Por qué algunas personas tenían tanto mientras otras apenas tenían para vivir?

¿Por qué su pueblo tenía que luchar incluso para ser escuchado?

¿Por qué ser indígena significaba tantas veces ser tratado como alguien que valía menos?

Después llegó la violencia.

Y con ella, pérdidas que ninguna niña debería tener que enfrentar.

Su hermano fue asesinado. Su padre murió durante el ataque a la Embajada de España en Guatemala en 1980. Tiempo después, su madre también fue asesinada.

Rigoberta tenía una opción: guardar silencio.

Pero hizo algo distinto.

Habló.

Comenzó a participar en organizaciones campesinas y a denunciar la violencia que sufrían las comunidades indígenas y campesinas de Guatemala.

Su propia historia se convirtió en una manera de contar la historia de muchos otros.

En 1981 tuvo que salir de Guatemala y llegó a México.

Y desde aquí, su voz comenzó a viajar mucho más lejos.

No hablaba solamente de ella.

Hablaba de su comunidad.

De las mujeres.

De los indígenas.

De quienes habían perdido familiares.

De quienes tenían miedo.

De quienes no tenían un micrófono, pero sí tenían algo que decir.

Once años después, en 1992, aquella niña de una pequeña aldea guatemalteca recibió el Premio Nobel de la Paz.

Tenía 33 años.

El mundo que alguna vez parecía tan lejano terminó escuchándola.

Pero quizá lo más poderoso de su historia no sea el premio.

Es recordar que antes de ser un nombre reconocido internacionalmente, fue una niña que vio cosas que no entendía y que, en lugar de acostumbrarse a ellas, decidió preguntar.

Y después decidió levantar la voz.

Porque la resistencia no siempre comienza con una multitud.

A veces comienza con una niña que mira a su alrededor y piensa:

“Esto no está bien.”

Y decide no quedarse callada.

Mujeres en Resistencia.

Historias de mujeres que, desde lugares pequeños y frente a circunstancias enormes, encontraron la fuerza para decir: hasta aquí.

Fotos: Redes Sociales Rigoberta Menchú

Este espacio está dedicado a las mujeres que nos inspiran, pero también a las historias que nos recuerdan que, incluso en los momentos más difíciles, siempre es posible abrirse camino y transformar nuestra historia

 

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