Yolanda Caballero
📸 Internet
La noticia se soltó como si fuera trámite… pero no lo es:Alejandro Gertz Manero dejó el cargo.
Y cuando un fiscal así se va, la explicación oficial siempre suena pequeña para el tamaño del problema que deja atrás.

Porque no estamos hablando de un puesto, estamos hablando de una silla que acumuló escándalos, fricciones, denuncias, fallas, silencios incómodos y poder concentrado.
¿De repente ya no está?
Ajá… claro. La renuncia de Gertz no es una salida. Es una señal.

Una alerta de que algo adentro del sistema dejó de sostenerlo.
Y cada vez que una pieza tan difícil de mover cae, alguien más tuvo que empujar… aunque nunca sepamos quién.
Aquí viene lo espinoso: La Fiscalía no queda vacía. Queda expuesta.
Y en la política real, los huecos expuestos se llenan con velocidad quirúrgica. No por mérito. Por fuerza.
La pregunta rara vez se formula en público, pero hoy toca dejarla caer. ¿A quién le convenía que Gertz se fuera justo ahora?

No es misterio que distintos grupos dentro del gobierno llevan meses midiendo territorios, presionando, acomodando lealtades y marcando quién opera qué.

Y entre esos grupos, el que rodea a Adán Augusto no ha dejado de aparecer en movimientos internos, cambios estratégicos y maniobras silenciosas que se sienten, aunque nadie las admita.
¿Ganaron? No necesariamente.
Pero cuando un espacio de poder se abre, ellos siempre figuran en las conversaciones que se hablan bajito.

La renuncia del fiscal no aclara nada; oscurece más.
Abre un hueco grande en un lugar donde la política no perdona vacíos.
Y si hoy todo mundo aplaude “transición institucional”, lo hacen para evitar decir lo evidente:
Lo que pasó no fue casual.
Fue conveniente. Para alguien. Y ésa es la parte que nadie quiere analizar… pero todos deberían mirar.












