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A Gerardo Fernández Noroña le tocó salir entre gritos del restaurante El Cardenal, allá en la Ciudad de México. No fueron aplausos ni selfies: fueron reclamos directos, duros, sin filtro.

No es solo por él. Este tipo de escenas ya se están volviendo comunes y reflejan el ánimo de mucha gente que anda molesta, cansada y que ya no se queda callada cuando tiene a un político enfrente.
El problema es que cuando todo se queda en gritos, ya no hay diálogo, solo desahogo. Y así, difícilmente cambia algo.
Al final, más que un momento incómodo para un político, esto es una señal clara: es el hartazgo de la gente.













